De la Olivetti al algoritmo: lo que ninguna máquina puede enseñar
Por Luis Alberto Bogado. Director Ejecutivo del Servicio Provincial de Enseñanza Privada de Misiones (SPEPM)
Cuando empecé el secundario, la orientación era Perito Mercantil. Nos enseñaban documentos comerciales, mecanografía en las viejas Olivetti, estenografía, redacción de notas, cartas e informes: la estructura de cada uno, cuándo escribir en primera persona del plural y cuándo en tercera del singular. Llevábamos libros diarios y armábamos balances en planillas de doce columnas que ocupaban toda la mesa.
Todo se hacía a mano. La calculadora estaba prohibida: la cuenta había que sacarla y el error había que buscarlo.
Recién en los últimos años nos habilitaban esas herramientas. Después llegaron las computadoras. Las 286, las 386, las 486, las primeras Pentium. La tecnología irrumpió y, desde entonces, no se detuvo nunca.
Esa escena volvió a mi memoria el sábado pasado, mientras escuchaba a Mario Pergolini en el conversatorio que organizamos para directivos y docentes de las escuelas del SPEPM. Con la franqueza que lo caracteriza, nos dijo que estamos formando chicos para un mundo que desconocemos, para trabajos que todavía no existen. Y tiene razón. Hoy no es la 286: es la robótica, la innovación permanente, la inteligencia artificial. Un adolescente con un celular resuelve en diez segundos lo que a mí me llevaba tres horas de planilla.
Lo que debe preocuparnos no es que lo haga más rápido, sino que pueda hacerlo sin entender lo que hace.
Cuando me prohibían la calculadora no era por capricho. Era para que aprendiera el proceso, para que comprendiera la lógica del balance antes de apretar una tecla. Con la inteligencia artificial nos toca hacer algo parecido. Prohibirla sería tan inútil como haber prohibido la calculadora en los noventa. Pero entregarle el pensamiento sería renunciar a lo más valioso que tiene la escuela.
Una IA puede redactar una carta comercial impecable, en el tono y la persona gramatical que se le pida. Lo que no puede es enseñarnos qué decir y qué callar, cómo pedir perdón, cómo mirar a los ojos a quien tenemos enfrente. Puede procesar datos; el sentido lo pone la persona. Por eso, en el SPEPM creemos que la discusión no es “tecnología sí o tecnología no”.
La pregunta de fondo es otra: ¿qué hay en el ser humano que ninguna máquina puede reemplazar?
La tradición educativa cristiana, que inspira a buena parte de nuestras escuelas, tiene una respuesta antigua y vigente: la dignidad de cada persona. Cada alumno es alguien, no algo. Es una historia única, con una conciencia, una libertad y una capacidad de amar que no se reducen a un rendimiento medible.
Educar no es cargar información en una memoria: es acompañar a una persona a crecer en verdad, en libertad y en relación con los demás. Ese acompañamiento tiene rostro, y es el de cada docente que todos los días sostiene un aula en Misiones.
En esa mirada, la técnica no es una enemiga. Es fruto del ingenio humano y puede prestar un enorme servicio. El problema aparece cuando el medio se vuelve fin y la persona termina al servicio de la herramienta.
Pergolini, que viene del rock, de la radio y de una televisión que rompió moldes, y que hoy vuelve a romperlos desde Vorterix y la tecnología, nos dejó una idea que me llevo para nuestras 300 escuelas: la tecnología avanza de manera acelerada; la humanidad, no. Y la escuela está para custodiar esa humanidad.
No tenemos que competir con la inteligencia artificial. Tenemos que formar chicos que sepan usarla sin dejar de ser plenamente humanos.
Que sepan usar una IA, pero también escribir a mano. Que sepan programar un robot, pero también plantar mandioca. Que sepan hacer un balance en un sistema, pero que entiendan el esfuerzo y las personas que hay detrás de cada número.
En mi secundaria me enseñaron a hacer todo a mano para que, cuando llegara la máquina, fuera yo quien la manejara y no al revés. Esa sigue siendo la tarea. No se trata de volver a formar peritos mercantiles, sino personas que, aunque el mundo pase de la 286 a la inteligencia artificial, sigan sabiendo quiénes son, de dónde vienen y para qué están.
En su mensaje de 2024 sobre la inteligencia artificial, el papa Francisco advirtió que vivimos una época que corre el riesgo de ser “rica en tecnología y pobre en humanidad”. Y León XIV, en Magnifica humanitas, su primera encíclica, nos dejó una consigna que bien podría estar en la puerta de cada aula: “Tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos”. Elegimos estar. También en este futuro que ya llegó.
Luis Alberto Bogado.
Director Ejecutivo..
Servicio Provincial de Enseñanza Privada de Misiones (SPEPM)


